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Recuperación psicosocial y reintegración de los pacientes quemados 
Fase de recuperación en el hospital
Paradójicamente, cuando los pacientes quemados se encuentran físicamente más fuertes, sus heridas abiertas casi han curado y los injertos casi se han completado, la continuación del tratamiento plantea al equipo responsable desafíos adicionales y quizá más difíciles. En esta fase sencillamente ya no es posible imponer un tratamiento a un paciente relativamente indefenso; por el contrario, ahora el equipo debe motivarlo para que participe en su tratamiento y asuma responsabilidades para su recuperación. El paciente que desee una recuperación óptima debe cumplir las órdenes e instrucciones del equipo médico, muchas de las cuales implican considerables molestias físicas. En esta fase, los pacientes apenas están empezando a comprender la magnitud de sus lesiones y a tomar conciencia de que su cuerpo, cambiado para siempre, no es ya compatible con la autoimagen que tenían antes del accidente. Ahora su ansiedad va creciendo en relación con su futuro y disminuye en lo que se refiere al pasado y al presente. El dolor sigue siendo un problema y a medida que los pacientes aumentan su actividad en los ejercicios de rehabilitación hay que prestar atención a las nuevas experiencias dolorosas que van apareciendo. Los pacientes se enfrentan a las nuevas limitaciones físicas impuestas por sus lesiones y experimentan sus cuerpos como incompetentes y desfigurados. Las personas que se ven envueltas en esta lucha desvían rápidamente sus conductas afectivas como reflejo de las rápidas modificaciones cognitivas. Gran parte del tiempo los pacientes se experimentan a sí mismos como eran antes de sufrir las quemaduras (es decir, como el «yo real»), pero cuando el cuerpo no se mueve como lo hacía en el pasado o cuando ve la piel cicatrizada, el paciente recuerda y se aflige. También se hace consciente del cambio de su aspecto cuando observa las respuestas de los demás y nota que estas respuestas invalidan su imagen corporal anterior. Sus conceptos de los roles sociales que puede desempeñar es posible que no coincidan con lo que cree la sociedad. Su identidad previa a la lesión no existe ya como tal y una nueva identidad tiene que incorporarse a los restos de la antigua; al mismo tiempo su cuerpo físico cambiado contribuye a deshacer aún más su identidad. En este estado de confusión, es de esperar que el paciente actúe con ira y temor. Además de las limitaciones físicas, el rol de «paciente de hospital» impone una pérdida de control y autonomía en el superviviente. Tras un período de dependencia real de los demás, el paciente puede tener miedo y un sentimiento de ambivalencia sobre la reanudación de su cuidado personal47. El exigente horario que impone el tratamiento en este período aumenta el sentimiento de inadecuación del paciente que se fatiga con facilidad pero que debe proseguir con un programa de tareas marcadas principalmente por el equipo de tratamiento, lo que le da nuevas pruebas de su pérdida de autonomía y capacidad. En este período de prueba, es típico observar labilidad emocional y regresión cognitiva y conductual en los pacientes de todas las edades. Quizá la conducta más difícil para el paciente, la familia y el personal es la expresión de la ira de aquel. Como es lógico, los pacientes tienen muchas razones para sentirse encolerizados, y necesitan expresar su ira con el fin de definirla y dirigirla en un sentido adaptativo; sin embargo, las situaciones en que pueden expresarla son bastante limitadas. Los pacientes casi carecen de intimidad y no pueden aliviar su tensión a través de actividades físicas como correr. Es típico que los familiares y el personal que cuida al paciente le hayan dedicado muchos esfuerzos y energías, y es muy probable que perciban la conducta colérica del paciente como un ataque personal e injustificado por parte de un paciente desagradecido. En cierto que el paciente dirige los accesos de ira hacia los que considera como objetivos más seguros, en general el cónyuge o uno de los padres en primer lugar y después hacia el enfermero o el fisioterapeuta. La mejor manera de comprender los ataques de ira es considerarlos como una aireación necesaria para el paciente más que como la forma en que este valora a la familia o al personal. Las expresiones de rabia no sólo disgustan a la familia y al personal, sino que también asustan a los propios pacientes que perciben esta falta de control como una prueba de una posible destrucción de sí mismos o de otros de los que dependen. Es típico que, tras un brote, el paciente se sienta culpable y tema perder el amor y el apoyo de los que ha avasallado con su conducta colérica. Estos temores se añaden a los que tiene de ser rechazado debido al cambo de su aspecto.